La extrema derecha de Noruega: el Fremskrittspartiet

El Partido del Progreso (Fremskrittspartiet) es actualmente la segunda fuerza política de Noruega. En las últimas elecciones parlamentarias, celebradas en 2009, obtuvo un 22,9% de los votos; por lo que es importante analizar cómo un partido con un discurso básicamente xenófobo está tan aceptado públicamente, y tiene tanta representación política. Para analizar el discurso político del Fremskrittspartiet es necesario, antes de eso, acudir a la evolución del nacionalismo hasta llegar a la etapa actual. Por ello, voy a utilizar uno de los que Immanuel Wallerstein considera los tres pilares de la geocultura liberal que acompañó a la creación de los Estados soberanos: la domesticación de los movimientos antisistémicos[1] para dar un salto del ‘nacionalismo desde abajo’ que era la lucha nacional por la consecución del control estatal, hasta el ‘nacionalismo desde arriba’, es decir, la apelación al discurso nacionalista como instrumento de dominación por parte del Estado y/o de los partidos políticos.

Después de eso, analizaré las prácticas nacionalistas a las que apela el partido en Partido del Progreso (FrP) en su discurso y, gracias a las cuales, ha conseguido un fuerte apoyo popular. Esto lo dividiré en dos partes: en primer lugar, trataré cómo los procesos globalizadores han afectado a este nacionalismo desde arriba, en el sentido de la deslocalización de las fronteras en palabras del geógrafo Rafael Vidal Jiménez; y en segundo lugar, la relación directa entre el incremento de determinados flujos migratorios hacia Noruega y la conformación de un discurso básicamente antiinmigración.

El nacionalismo desde arriba: la domesticación de los movimientos antisistémicos como parte de la geocultura liberal

Con la aparición del liberalismo en el sistema-mundo capitalista surge, según la obra de Wallerstein[2], el concepto de «geocultura» como un conjunto de ideas, normas y valores que acompañan a la nueva ideología liberal. En la teoría de la geocultura liberal wallersteiniana, el movimiento liberal de construcción de Estados soberanos estuvo acompañado de tres pilares fundamentales: «la invención de las ideologías, la reconstrucción del sistema de conocimientos y la domesticación de los movimientos antisistémicos[3]». Este último punto es en el que se basa la nueva concepción del nacionalismo, en el que se encuentra precisamente el discurso del FrP de Noruega. La domesticación de los movimientos antisistémicos supone un proceso por el cual el Estado, a través de prácticas como la apelación al patriotismo ciudadano, reconduce el nacionalismo para transformarlo en una herramienta de dominación.

El refuerzo de la homogeneización étnica y cultural lo hacen, pues, este tipo de partidos recordando los constructos de la identidad nacional –las tradiciones, los lenguajes, los mitos y leyendas, etc.–. Precisamente el FrP noruego lo hace a partir de la década de los ochenta, cuando Noruega se convierte en destino de un ingente número de asilados políticos, apelando a mantener el modelo noruego de Bienestar sólo para los noruegos. En el caso de Noruega, la amenaza y la agresión externa que cita Wallerstein no se refiere única y exclusivamente a la inmigración no europea que comienza a poblar las calles del país nórdico, sino que también se refiere a una pérdida de soberanía, a una agresión externa desde arriba, desde las organizaciones supranacionales. En este sentido, Noruega teme esa pérdida de soberanía nacional frente a organismos como la Unión Europea: en los años setenta y noventa se llevaron a cabo diferentes procesos de referéndum para consultar a la ciudadanía noruega si quería formar parte o no de la Unión Europea. Esta soberanía que defendieron forma parte del carácter nacionalista del país escandinavo[4].

El discurso nacionalista del FrP (I): los procesos de globalización en la renegociación del nacionalismo

«El principio nacionalista se basa en una representación social del espacio como entidad […] cuyo principal referente es el territorio-frontera: el lugar[5]». En un contexto de continuos procesos de globalización, muchas de las actividades internas de los Estados comienzan a diluirse y dejan de formar parte de la soberanía estatal, haciendo que los mismos empiecen a perder capacidad «para dirigir sus asuntos internos[6]». El hecho de que se cuestione la soberanía nacional provoca inevitablemente un cuestionamiento acerca de la identidad nacional.

Tal y como arguye Rafael Vidal, la nación se vincula necesariamente con un territorio específico, y con el sentimiento de pertenencia a ese territorio; sin embargo, los procesos de globalización se están encargando de crear una deslocalización transfronteriza de las relaciones sociales[7], y son estos precisamente los procesos que nacionalismos como el del Partido del Progreso de Noruega consideran que amenazan la identidad e integridad cultural y étnica de su país[8], por lo que se convierten en «el motor más importante para la activación y el auge de los nacionalismos contemporáneos». Estos procesos de globalización producen una «desterritorialización de la identidad puesto que los grupos étnicos y nacionales se relacionan fuera de sus límites territoriales[9]», se produce lo que Javier de Lucas considera un «desplazamiento del mundo[10]». Ante esta transfronterización el nacionalismo del FrP noruego podría tomar el camino de considerar la ya citada enriquecedora comunicación intercultural, pero en realidad, toma la senda xenófoba de la construcción de una representación negativa de los grupos étnicos minoritarios que comienzan a formar parte de la sociedad noruega y que, según esta retórica, son los causantes de los problemas económicos de los nacionales. Estos procesos de globalización, que conllevan cambios en el papel del Estado obliga a que sea necesario renegociar la identidad nacional[11].

El discurso nacionalista del FrP (II): de la problemática de los flujos de inmigración a la retórica xenófoba

El Partido del Progreso de Noruega introduce en su discurso, no desde sus inicios en 1973[12], sino desde mediados de la década de los ochenta, la apelación al patriotismo ciudadano y a la unidad cultural, acompañado de una nueva característica «problemática» del país: la inmigración. Hasta 1984 la solicitud de asilo en Noruega era un fenómeno desconocido, y las tasas de inmigración eran mínimas. Dos años después, el número de exiliados y refugiados en Noruega era de 2.722, y en 1987 ya se había casi cuadruplicado[13]. Cuando el FrP comienza a centrar su discurso en la carga que supone la inmigración sobre los ciudadanos noruegos, se convierte en el primer y único partido noruego que introduce en su agenda política la cuestión inmigrante. Es entonces, a mediados de los ochenta, cuando el FrP considera que Noruega está perdiendo su homogeneidad cultural y convierte su discurso en una retórica básicamente xenófoba: la culpa del desempleo de los nacionales en momentos de crisis económicas se debe única y exclusivamente a la inmigración, en especial a la no europea; y uno de los grandes nuevos problemas de la ciudadanía europea, y que el FrP se compromete a solucionar, es la «islamización» de Noruega, con la consecuente pérdida de identidad cultural para la nación.

El discurso del FrP no se queda sólo en la pérdida de identidad cultural de su ciudadanía, sino que se dirige también, en una dirección vertical hacia arriba, a la pérdida de soberanía nacional que supondría, por ejemplo, ingresar en la Unión Europea. Con un modelo estatal social que funciona mejor desde el comienzo de la explotación petrolera, nacionalizada, de los yacimientos de oro negro que encontraron a finales de los años sesenta en el Mar del Norte, formar parte de una organización supraestatal como la UE supondría una pérdida tal de soberanía; sin embargo, esto no forma parte de la retórica xenófoba del FrP únicamente, sino del carácter nacional del propio país. El rechazo al «otro», al que no pertenece a la nación, se nutre, impulsado por el discurso del FrP, de la férrea defensa de unos intereses socioeconómicos.

Dentro de este discurso nacionalista exacerbado y xenófobo, el FrP apela, como es costumbre, a la superioridad escandinava basándose, una vez más, en aquella homogeneización cultural que siempre ha acompañado al nacionalismo romántico, esta vez, dibujada en forma de mitología. El recurso a la mitología nórdica, a la fortaleza y al valor, a la superioridad estatal, forma parte del discurso nacionalista que recuerda que en Noruega, la etnicidad es mucho más importante que el civismo.

Forman parte, según Arjun Appadurai[14], de los procesos de la globalización muchas de las actuales características de los discursos nacionalistas de corte xenófobo. En este sentido, lo que Appadurai quiere decir es que, la transfronterización y la deslocación de las fronteras, que produce de alguna forma una interculturalidad dentro de los Estados nacionales, provoca que aquellos que temen por la pérdida de esa soberanía nacional, hagan un recordatorio si cabe más potente, de esa apelación a la homogeneización cultural, traducida en las prácticas reales –políticas de inmigración y discursos y retóricas principalmente– en un ensañamiento hacia las minorías étnicas. Al contrario de lo que utópicamente se podría pensar, este proceso de globalización en que las interrelaciones, así como el conocimiento de diferentes culturas resultan más fáciles, no se convierte en un elemento que suavice las relaciones entre los Estados, sino que lo que hace es, fomentado por el discurso de partidos de carácter xenófobo como el FrP, encender la alarma del colectivo nacional y contagiar ese temor a la pérdida de integración, de identidad y de soberanía nacional.

El discurso del FrP, con todas las características ya citadas, desarrolla una actitud de competición entre identidades, en la que, según Liah Greenfeld, le permite a la élite política la obtención de ese ansiado estatus simbólico-cultural de grupo étnico: esto es lo que convierte la apelación al nacionalismo cultural en una herramienta de dominación, con la que esa élite política consigue la obediencia de su ciudadanía hacia sus políticas, en nombre de un Estado nacional.

MÁS INFORMACIÓN:

[1] Drigani, “El nacionalismo: ¿Un proceso a la saga de la modernización? en Cuadernos de Ideas, año 1, n.º 1. Argentina: La Plata, Centro de Estudios en Comunicación, Política y Sociedad, 2007, p. 176.

[2] Immanuel Wallerstein en Geopolítica y geocultura: ensayos sobre el moderno sistema mundial. Barcelona: Kairós, 2006.

[3] Drigani, Ibíd., pp. 176-177.

[4] Jesús Rodríguez en “El manual de la buena vida” en El País [edición digital], publicado el 30 de octubre de 2011. Consultado el 28 de mayo de 2012.

[5] Rafael Vidal Jiménez en “Nacionalismo y globalización: localización-deslocalización simbólica del espacio social” en Espéculo. Revista de Estudios Literarios, n.º 11. Madrid: Universidad Complutense de Madrid, 1999

[6] Taylor y Flint, op. cit., p. 251.

[7] Rafael Vidal, op. cit., p. 1.

[8] Franco Savarino en “Los retos del nacionalismo en el mundo de la globalización”, en Convergencia, n.º 26. México: Universidad Autónoma del Estado de México, septiembre-diciembre de 2001; pp. 97-120.

[9] Taylor y Flint, op. cit., p. 251.

[10] Javier de Lucas en “Inmigración y globalización acerca de los presupuestos de una política de inmigración” en Redur, n.º1. La Rioja: Universidad de La Rioja, 2003.

[11] Taylor y Flint, op. cit., p. 252.

[12] El FrP comenzó llamándose de otra manera. Nació en 1973 como “El Partido de Anders Lange por una Fuerte Reducción de Impuestos, Deudas e Intervención Pública”, es decir, básicamente como un partido anti-impuestos. No fue hasta 1987 cuando se le cambia el nombre por Partido del Progreso, liderado entonces por Carl I. Hagen, presidente del mismo durante veintisiete años.

[13] Tor Bjørklund en “The Norwegian Progress Party: a  Bridge-builder over Old Cleavages”. European Register of Exercises Professionals (EREPS), 2003, p. 12.

[14] Arjun Appadurai en El rechazo de las minorías: Ensayo sobre una geografía de la furia. Barcelona: Tusquets, 2007.

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